El olor a vainilla es delicioso.
Me produce ese placer no percibido antes, similar al umami en mi boca. Me fascina poder olerte de esa manera. No te sentía a un lado, pero ahí estabas. Esa especie de sombra que cuida y respalda, que no se encuentra cuando es medio día pero pasado un minuto hace presencia. Se vuelve muy fuerte y no te deja ir.
Te he dejado libre. Ahí está la diferencia.
No es que 'no te ame', ahora quiero tenerme.
Es que no soy yo misma, contigo no existe esa paz que necesito. Y tampoco es dañino, sólo he concluido que no eres mi futuro inmediato. O mejor dicho, este presente.
Me abrazo fuerte, me fusiono. Me hago feliz.
Eso es lo maravilloso de la vida. La fe que me cubre y alberga. Sólo la persona que tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás. Lo importante en relación al amor es la fe en el propio amor; en su capacidad de producirlo en el otro, y en la plena confianza del mismo amor. Pues tememos conscientemente no ser amados, y sin embargo el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Ello exige intensidad, estar alerta, vitalidad misma que resulta de una orientación productiva y activa en muchas otras esferas de la vida.
Por eso amo todo lo que me conforma, todo lo que tampoco soy yo. Todo lo que me define y lo que me excluye. Esa dualidad misma de un ser.
Por eso el olor a rosa, por eso la biofilia. Por eso... ahora.
Por eso el yin y el yang.
"La mente es igual que un paracaídas, solo funciona si se abre".
Margoth W.
Anexo: Desconozco si la frase anterior es realmente de Albert Einstein, lo que si estoy segura es que es perfecta para esta entrada. ¿Alguien podría confirmarlo o negarlo? Gracias.
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