Voy a amarte en las ausencias. Voy a quererte sin pensarlo. Voy a conquistarte sin que sea una prioridad. Voy a ser simplemente yo.
No ha existido un día, que no pases por mi mente... Desde la última vez que cruzamos palabras, desde aquella fecha que te dije "Adiós", desde ese momento de la carta entregada, desde que decidí expresar quién era Yo.
Hablar en pasado sobre mis sentimientos. Querer cambiar algo que ya está escrito. Quizás es imposible seguir los designios de Él (pensaba)... En ese momento no sabía que quería enseñarme o mostrarme. Sin embargo, hoy lo sé. Es el hecho de ser feliz sin necesidad de alguien más. Es el hecho de que en esta ocasión no dependo de otra persona para sentirme completa. Él me quería dar a entender eso. ¿De qué otra manera podía decírmelo, si no es mediante acciones? Si no hubiese dejado lo que creía que me causaba felicidad. ¿Cómo iba a reconocerlo? En ocasiones, debemos desprendernos de aquello para poder vivir libres y dispuestos a amarlo solo a ÉL.
Precisamente, aprendí que ser feliz depende de uno mismo. No era él, la razón principal. Es mi ser quién ha decidido ser feliz por el amor de Dios y por ÉL mismo estaba recibiendo un regalo. Un regalo para agregar un poquito más de alegría a esto. Esto que estaba firme y en marchas de crecer.
Y recordé que en el libro ¿Cómo detectar mentiras? de Paul Ekman, lo describía así, "entre lo voluntario y lo involuntario hay un territorio intermedio ocupado por expresiones aprendidas en el pasado pero que han llegado a operar automáticamente, sin ser elegidas cada vez o incluso a pesar de cualquier elección, y en el caso típico sin que se tenga conciencia de ello".
No tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo, lo hacía por mera monotonía de vida. No me había dado cuenta quién estaba existiendo en mi vida. Y no era él quién me hacía feliz.
Era ÉL.
"A veces es como si fuera un DEA, un -desparecido en acción- en nuestra vida".
Rick Warren, Una Vida con Propósito.