Te estoy necesitando porque te amo.
Me decías. No creía.
A tu lado. Tenía 11 años. Personas comunes. Ciclos juntos. De esos romances de la infancia dónde solo sucede un gusto y vuelan cartitas de amor eterno. Nuestra mente es la de un niño aún. No hay malicia. Sólo existes. Sin complicaciones. Queriendo compartir tanto amor como sea posible. No piensas en algo más. Sólo estás ahí. Presente.
Y está bien. Eso te anima a seguir. Complementa una parte de ti. Es gratificante.
Sin embargo, el tiempo no se detiene. Continúa caminando a su ritmo. Sin alteración. Es lo único que no se modifica. El nosotros, sí. Crecemos. Se agregan nuevas convicciones. Continuamos nuestras vidas.
Nos separamos sin menguar. Agarrados de una amistad. De esas para pláticas ocasionales. Pasar un rato. Divertirse, bromear. Sin duda, en prosa y todo eran buenos escritos. Hasta que algo sucedió. La intensidad disminuía. Apagábamos. Ambos.
Nos desconectamos. Así pasó. Nuestros "hola", se distanciaron tanto como para una vez al año o dos en nuestros cumpleaños. Y, eso si no sucedía alguna situación que interfiriese para felicitarnos (como un día ocupado u olvidarlo y recordarlo a posteriori). Al final de todo. No nos resultaba abrumador. En lugar de extrañarnos, nuestra relación se había tergiversado en dos extraños.
Vivíamos cada quién muy aparte. Con sus relaciones humanas o no. Teníamos nuestros propios romances y pasatiempos.
Al cabo de varios años... Un día volvimos, muy fuerte. Como si tantos años de amistad en distancia no hubieran transcurrido. Estuviesen más vivos que cuando éramos niños. Lo sentíamos. Sin decírnoslo. Decidimos jugar. Nos engañamos con eso. Ambos pensábamos que todo era un simple juego. Un rato. Un pasatiempo por querer tomarlo así.
Mentíamos, jugamos para no lastimarnos.
Margoth W.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario