No tengo palabras para agradecerle al Universo la oportunidad que me ha otorgado.
Aún no estoy lista y no sé cuando lo estaré... Tu ida fue como un balde de agua fría en este congelador. No pensé que así se sentiría. No imaginé cómo sería. Y menos ahora que ya no estás fisicamente.
Aún recuerdo cuando fui por ti. No imaginas lo bonito que sentí. Estabas tan pequeñita, eras unos doce centímetros de pura ternura, no puedo creer lo grande que te convertiste. Me enseñaste a ser ordenada y responsable, a darte tus baños de sol diarios, aquellos momentos en los que querías saltar a todos lados en mi habitación. Salir agarradita de mí era toda una osadía.
Me encantaba que fuera así.
La gente observaba y decía:
¿Y no muerde?
¡Ay! ¿Qué es?
¿Y no se baja?
¡Ay! ¿Qué es?
¿Y no se baja?
¿No te da miedo?
¿Si es de verdad?
No había día que salieramos y no me preguntaran de ti.
Recuerdo mis llegadas a casa de la facultad, entrar al cuarto y buscarte. Siempre te encontrabas ahí, arribita. En la cortina. No querías bajar. Existían otras ocasiones en las que ya era de noche y te encontrabas bien dormidita en el terrario sobre tu plaquita.
Pasaba por una distimia que solo tú desaparecías. Eras mi compañera. Fuiste mi primavera en invierno. Ambas nos necesitábamos. No pude haber tenido mejor compañía en esos años. Volvía a ti. Me gustaba tu presencia.
Hoy escribo, porque a pesar de la distancia no dudaba en que tenías una hermosa familia a tu vigilancia y al estar ahí hace un año pude confrmarlo.
No recuerdo quién me habló de Sam... De lo que estoy segura es que fue la mejor persona que la vida pudo poner para cuidarte después de unos años de tenerte a mi lado. Pude percibir el amor que te tenía al verle en aquél momento. Era una familia que te daba muchísimo amor. Y eso lo agradezco a sobremanera.
Nunca te faltó nada.
La forma en la que dejaste este mundo fue acaso para mi la más sorpresiva. Recuerdo que me encontraba tomando un té chai en una cafetería de mi ciudad favorita, recién obtenía mi cédula, pensaba en ir a visitarte porque me encontraba muy cerca. Un mensaje apareció, era Él. Tenía algo importante por decirme. Le llamé. Lo supe. Respondí que iría a verte lo más pronto posible. Me levanté de la mesa, pagué y salí en menos de 5 minutos del lugar. Tomé el camión más próximo a casa. Llegué. Me encontré en ese lugar que habías hecho tuyo por unos años más, en aquel sofá sobre el que solías observar a todos por la ventana, donde tanto te gustaba quedarte por horas. Me desmoroné, por dentro mi cuerpo se llenaba de lágrimas. Mientras, por fuera trataba de no volverme tan yo.
Fue una bonita despedida, te abracé muy fuerte, lo abracé a él. Sentíamos tanto que no estuvieras ahora a nuestro lado, ambos llorábamos y nos consolabamos. Era una sensación no experimentada previamente en mi vida, y por ello, única. Puedo decir con franqueza que antes nunca me había conectado tanto con alguien en un abrazo, como lo fue en ese día. Agradecí al universo la oportunidad para despedirme de ti, ¿cómo sabías que iba a estar tan cerca para decirnos adiós?
Ese es uno de los misterios que jamás entenderé, pero de las primeras y maravillosas enseñanzas de aquel dos mil dieciocho. Solo puedo decir que de vuelta a casa, tomé el camión, le llamé a mis padres y lloré...
Era el camión que solía tomar contigo. Pero ahora iba sola....
Sé que te encuentras descansando. Confío en que estás bien.
Pronto, en algún momento... Te volveré a ver. 💕🙏🏻
Me encongio el corazón tu relato, es increíble el amor que a uno le brindan sus amigos aunque a veces no sean de la misma especie , somos seres vivos que respondemos al amor . Un abrazo Margoth.
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